lunes, 1 de junio de 2026
Provinciales

Entreguerras: Ribbentrop-Mólotov, el abrazo enemigo antes de la tormenta

 Para cerrar esta serie extensa de notas sobre el periodo de Entreguerras no podíamos claramente obviar al Pacto Nazi-Soviético, casi el puntapié inicial de la II Guerra. Para la política internacional de aquel momento fue una noticia impactante, porque ambos bandos países se habían enfrentado, como señalamos en artículos anteriores, en la Guerra Civil Española, mientras los reclamos territoriales de Hitler sobre Polonia subieron la tensión en Europa poniendo a prueba la política de apaciguamiento que seguían Francia y Gran Bretaña desde el tratado de Múnich, celebrado en 1938. El 23 de agosto de 1939, el mundo quedó paralizado porque la Alemania nazi y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que llevaban más de una década agrediéndose retóricamente, persiguiendo a disidentes y utilizándose mutuamente como el demonio oficial vestido de enemigo en sus propagandas, anunciaban un Tratado de No Agresión. Para las democracias occidentales, en especial las potencias equivalentes, como lo eran Francia y Gran Bretaña, fue una puñalada; para los militantes comunistas de todo el mundo, un absurdo mental, que se hizo difícil de comprender, después de que muchos lucharan en las Brigadas Internacionales en tierras españolas.Para los historiadores especiales estaba claro que ninguno de los dos actores confiaba en el otro, pero ambos necesitaban tiempo y espacio, por sus propios motivos de estrategia política y militar. En primer lugar, Hitler ya tenía decidido invadir Polonia si este país no accedía a sus demandas sobre el corredor de Danzig, y, ante la amenaza de guerra, quería evitar una guerra en dos frentes, por lo cual quería asegurarse de que la URSS no intervendría. Así podría encargarse de los polacos indefensos y luego dirigirse hacia el oeste contra Francia y el Reino Unido, si es que cumplían con su amenaza de entrar en guerra si cruzaba la frontera polaca.Por su lado, Stalin se sentía aislado como potencia enfrentada a los nazis, tras los Acuerdos de Múnich, donde Occidente le entregó los sudestes checoslovacos a Hitler sin hacer ninguna consulta a Moscú, por lo que Stalin entendió que las democracias occidentales preferían desviar la ambición de Hitler hacia el este. El pacto le compraba un tiempo precioso para rearmar al Ejército Rojo, debilitado -sobre todo en sus mandos superiores- tras sus propias purgas internas iniciadas en 1937.« — Para ver la nota completa, ingrese a la url de la nota — »

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