
Cambios sociales | Educación superior en Latinoamérica: de la elite a la masividad
Editar epigrafeEditar embed Una de las entidades transformadoras de la sociedad a lo largo de la historia han sido las instituciones de educación superior, en particular las universidades, porque se desarrollaron a lo largo de los siglos como centros de producción de conocimiento e innovación en ciencias, tecnologías y artes. No obstante, hasta principios del siglo XX, las universidades latinoamericanas –paradójicamente– eran instituciones sumamente cerradas, diseñadas para formar a los hijos de la oligarquía en leyes, medicina o filosofía. Operaban como centros conservadores, desconectados de la realidad social y con métodos de enseñanza anacrónicos.Algunas de sus características eran las cátedras vitalicias donde los profesores ocupaban sus cargos de por vida, porque no había concursos de oposición ni evaluación de calidad. La enseñanza era enciclopedista y memorística, privilegiando el texto dogmático, por sobre la experimentación y la crítica. Además, era una burbuja académica, porque la universidad se desarrollaba a espaldas de las sociedades latinoamericanas que vivían procesos de urbanización y recibían cientos de miles de migrantes. Por último, el acceso era restringido no solo por cuestiones de costos, sino de capital cultural, ya que las redes de contactos y el origen familiar funcionaban como exámenes de ingreso válidos.Todo cambió en 1918, tras los ecos de grandes revoluciones como la bolchevique en Rusia y la mexicana en nuestro continente. En la ciudad de Córdoba, una protesta estudiantil provocó una revolución cultural que redefinió la forma de habitar el mundo universitario. La Reforma Universitaria, como se la conoció, fue como un verdadero big bang porque rompió el monopolio del saber. Hasta ese momento, el conocimiento descendía verticalmente del profesor –autoridad absoluta–, al alumno –receptor pasivo–, la Reforma introdujo una dinámica horizontal.Los basamentos que refundaron el mundo universitario fueron, entre otros, la libertad de cátedra, que puso fin al pensamiento único, porque abrió la convivencia a distintas corrientes ideológicas y científicas. Por ello, un profesor con posturas conservadoras dogmáticas, en la universidad debía interactuar con otros que enseñaran teorías de vanguardia o críticas de la realidad social. El concurso público terminó con la práctica de heredar los cargos docentes; para enseñar, había que demostrar capacidad ante un jurado, abriendo la puerta a intelectuales que no pertenecían a las elites oligárquicas.« — Para ver la nota completa, ingrese a la url de la nota — »